Presentación en Larra: ‘¡Silencio!’, de Pedro Bravo

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¿Cómo hacer para que una crónica de la presentación de un libro sobre el ruido no se convierta en… más ruido? Tal vez, como planteó Marta Peirano al final del encuentro en torno a “¡Silencio!” de Pedro Bravo, de la mano de aquello que proponía Italo Calvino: “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. Porque lo que pasó entre las decenas de personas que se juntaron anoche en Larra para conversar sobre este ensayo que lleva el subtítulo de “Manifiesto contra el ruido, la inquietud y la prisa” era muy distinto al infierno. Y contar algo no es sino un modo de darle espacio y hacerlo durar.

En este nuevo libro, Bravo quiere dar un “grito en favor del silencio”. Bajo esa aparente contradicción late la apuesta por “apartarse un momento del mundo para mirarte y mirar a ese mundo, y darte cuenta de cómo eres y cómo es ese mundo, y tratar así de caminar de otra manera”. En su invitación a la lectura, Peirano subrayó cómo ese enfoque está entrelazado con otros trabajos suyos: la novela La Opción B, el libro de relatos Cabo Norte, los ensayos Biciosos y Exceso de equipaje. “En los libros se va notando un poso de frenar, de empezar a vivir la vida a escala humana frente a la imposición del movimiento continuo, de buscar experiencias y hacer cosas constantemente”, asintió el autor.

El abordaje del silencio desde diferentes disciplinas le lleva a una conclusión: “No existe el silencio absoluto, si hay vida hay sonido; pero no es obligatorio el ruido permanente. Es posible apartarse, parar, observar, escuchar, y darse cuenta de que hay ruidos que tal vez nos hacen mal”. Desde ahí, articula una defensa del silencio como disidencia, como “una forma de resistencia que implica no dejarse llevar por la corriente” y que permite “descubrir que la vida es un espectáculo alucinante”. 

Insiste, eso sí, en que el abordaje debe ser desde lo colectivo, no desde lo individual, porque también el problema lo es. “Hay un tema de desigualdad. Desde la revolución industrial, los promotores del ruido han vivido mucho más aislados que la clase obrera, que es la que se come ese ruido. Eso se ve en los mapas de las ciudades, los barrios con más y menos ruido tienen un componente de clase bastante importante”, explicó Bravo. “El lujo es poder elegir la clase de ruido a la que te expones”, añadió Marta Peirano.

El ensayo está articulado en una serie de capítulos que se formulan como contra algo: “Contra la ciudad”, “Contra la economía”, “Contra la Tecnología”, “Contra el Yo”. Hasta “Contra el saber” y “Contra la simpatía”. Bravo, que reivindica ese ir contra como una suerte de “espíritu punk”, explica: “Para mí todo tiene que ver. El modelo económico nos tiene atrapados en un ruido que no nos permite estar donde queremos estar, que es estar tranquilos. Estamos con la lengua fuera, agitados, inquietos, persiguiendo cosas que nunca llegan, que son siempre promesas”. 

Frente eso, su propuesta es también a favor de algo. Que se ejemplifica quizá en la atención, entendida como otro antónimo del ruido: “Yo desde que estoy atento escucho a los pájaros en la ciudad. Sé que han llegado los mirlos a mi barrio; o cuando paseo con mi perra por la mañana escucho los petirrojos. También se trata, dentro de esa basura sonora, de encontrar lo que no es basura. Es un ejercicio bastante chulo que hacer desde lo individual, que parece de momento más fácil que lo colectivo”. 

Aunque, para él, la atención no es aislamiento, sino todo lo contrario: “Estamos más solos en el ruido que en el silencio”. Y es que, como recordó también, atender significa dos cosas al mismo tiempo: por un lado, poner el foco en algo o en alguien; por otro, cuidarlo. Cosas que solo se consiguen fuera del ruido, la velocidad y la inquietud. Conversaciones como esta, por otro lado, sirven para hacerlo en común y recordar que ahí también es posible encontrarse.